Tuesday, January 17, 2006

“Ser una persona de escasas palabras no significa tener poco para decir”

¿Por qué razón se encuentran la pintura y la escritura? Para tornar visible lo ilegible. Para mostrar el lenguaje como un objeto opaco. Para desterrar el ímpetu expresivo de la gestualidad pictórica y de la emotividad literaria. En las obras de Dominique Breard, pintura y escritura, lejos de potenciarse en una unión feliz, se acechan mutuamente. La tela es una superficie de resistencia donde se vuelve sólido el silencio que nos rodea. La artista no está allí para comunicar algo sino para entregarse a esa extraña voluntad que nos hace hablar aún cuando nadie sea capaz de entender, aún cuando se acaben las palabras. Un monólogo interior sin principio y sin final, donde se agolpan recuerdos infantiles, obsesiones (subrayados), broncas (tachaduras), dudas (correcciones). Importan más las marcas sobre la escritura que la escritura misma, porque estas pinturas no devienen de un mensaje sino del hecho solitario y empecinado de escribir. Curiosa pintura de acción cuya ternura nos inquieta. A veces como palimpsestos, donde las capas de palabras se superponen; a veces como horizontes, donde la escritura semeja el hilo de la vida. Como el nacimiento y la muerte, los bordes del cuadro son cortes aleatorios en el fluir del tiempo. No retienen sino un surco fragmentario, pedazos de memoria arrancados de la erosión y el olvido. Palabras cosidas como el tejido de Penélope, que cifra el tiempo de la ausencia. O como las cicatrices, que a la vez remiendan y revelan el desgarro. La escritura y también el revés de la escritura, porque no hay sentido que no esté fundado en la ausencia de sentido. Pas de sens, peu de sens decía Lacan. Y Magritte decía: la palabra pipa sólo evidencia una cosa: que no hay una pipa. Hablar es una forma de habitar la carencia. La tradición romántica adjudica a la interioridad misteriosa del poeta la complejidad del signo artístico. Pero estas pinturas son más arduas porque no hay nada que descifrar. Nos enfrentan a la más pura desnudez con que somos arrojados al océano del lenguaje. Valeria González.

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